“a common aloofness, differently manifested — a common melancholic sense of humour; each in his own way saw life sub specie aeternitatis.” (Evelyn Waugh)
Pues la mirada cristiana de la historia es una mirada de la historia sub specie aeternitatis, una interpretación del tiempo en términos de la Eternidad y de los eventos humanos a la luz de la Revelación divina. Y así la historia cristiana es inevitablemente apocalíptica, y el Apocalipsis es el sustituto cristiano de las filosofías seculares de la historia. (Christopher Dawson)
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jueves, 15 de noviembre de 2012

Recuerda, recuerda, el 5 de noviembre



La “Conspiración de la Pólvora” (the Gunpowder Plot) es en estos momentos casi una moda. La careta o máscara que en el folclore inglés representa a Guy Fawkes —principal protagonista de esta tragedia— es hoy una especie de representación del movimiento antisistema a nivel mundial, de las protestas de los indignados de Europa y de “Occupy Wall Street” en los Estados Unidos, de los hackers que firman como “Anonymous” cuando atacan webs de gobiernos y grandes corporaciones, y ya ha comenzado a aparecer en las manifestaciones de los “caceroleros” argentinos… Esta careta se ha convertido en algo así como la imagen del revolucionario postmoderno, una especie de personaje (con razón o sin ella) “contra mundum”.

¿Qué fue esta conspiración? ¿y cómo llegó a transformarse en esta imagen?

La segunda pregunta es más fácil de responder que la primera. Este hecho está vinculado a una película, “V for Vendetta” (“V de Venganza”), producida y escrita por los hermanos Wachowski (autores de ls saga distópica Matrix) y dirigida por el australiano James McTeigue (que había ayudado también en Matrix), sobre la base de una historieta o cómic del mismo nombre.

En este momento no entraremos en más detalles de esta película ni el porqué de su fama recién casi cinco años después de estrenada, sólo diremos, en esta ocasión, que se refiere a un intento de voladura del Parlamento británico —la única semejanza literal con la Conspiración de la Pólvora real—.

La Conspiración de la Pólvora histórica, la que tuvo lugar a comienzos del siglo XVII, está atada a la vida de Robert Catesby. Los Catesby eran una familia, con propiedades en Lapworth y Ashby St. Legers, que había permanecido fiel a la vieja Fe. Sin embargo, en su juventud, Robert había disfrutado de los beneficios de abrazar la causa de la Iglesia “oficial”, la anglicana.

Pero es que en 1598 fallece su padre y Robert Catesby sufre una conmoción emocional que lo devuelve al catolicismo romano. La persecución que en ese momento estaban sufriendo sus nuevos correligionarios, entre ellos algunos familiares, conmueven a Catesby. Lejos de tolerar este estado de situación lo vemos ya en febrero de 1601 involucrado en la conspiración del Conde de Essex. Tiempo después, urge a sus amigos a unírsele en esta causa contra el “régimen monstruoso” de la reina Isabel. Thomas Percy, Thomas Winter, John Wright y Lord Monteagle son los primeros complotados que Catesby logra convencer.

A principios de 1602, Winter aparece en España negociando con la Corte la sucesión de Isabel I. Al mismo tiempo en que vemos a Percy en Escocia, entrevistándose con el rey Jacobo VI, obteniendo del soberano presbiteriano la promesa de tolerancia para los católicos ingleses.

En marzo del año siguiente, Jacobo VI de Escocia es coronado es coronado en Londres como Rey de Inglaterra, heredero de su tía abuela segunda Isabel. Pero las promesas de Jacobo I no duraron mucho y para marzo de 1604 se hizo evidente que las cosas para los católicos estaban mucho peor que durante el reinado isabelino.

Fue en ese momento que Catesby comenzó a conspirar en serio con sus amigos. Winter fue enviado a los Países Bajos Españoles para solicitar ayuda y, también, conseguir “algunos caballeros de confianza”. Uno de éstos fue Guy Fawkes.

Fawkes había nacido en York, en el norte inglés, de padres anglicanos. Sin embargo, por su familia materna tenía vínculos con recusantes —un primo, Richard Cowling, fue sacerdote jesuita—.

A fines del siglo XVI, el norte de Inglaterra era un hervidero de católicos clandestinos (perseguidos por la justicia), recusantes (multados por no asistir a los servicios anglicanos), no-comunicantes (que asistían a los servicios pero no comulgaban) o, incluso, católicos “del corazón” (que aunque comulgaban mantenían ideas católicas y, cuando podían, volvían a asistir a misa con algún misionero católico clandestino). Sea por contacto con ellos, por su familia materna, por su padrastro, por algún profesor de su colegio, para cuando alcanzó la mayoría de edad, Fawkes era católico romano convencido.

En un comienzo estuvo al servicio de los Vizcondes Montagu, aunque duró poco. La familia Browne era mayoritariamente de recusantes; excepto los que ostentaban el título vizcondal —quizá, justamente, para mantenerlo—, aunque protegieron en sus tierras a numerosos arrendatarios católicos.

A fines de 1591, Fawkes vende la propiedad paterna de Clifton y viaja al Continente para ponerse al servicio de España. Combate contra los protestantes holandeses y contra Francia, sirviendo junto a Sir William Stanley.

En 1603 fue recomendado para el ascenso como capitán y aprovecha una licencia para visitar la Corte de Felipe III y solicitar ayuda para los católicos ingleses. De regreso a los Países Bajos, se cruza entonces con Winter, como decimos más arriba.

A principios de mayo de 1604, los conspiradores —Catesby, Thomas Percy, Thomas Winter y Fawkes— se reunieron en Londres y comenzaron a delinear su plan para minar el Parlamento, descabezando así el gobierno de Jacobo I.

A diferencia de la leyenda negra que se ciñó sobre ellos, no eran aventureros ni criminales, sino verdaderos caballeros. Pero también tenían los defectos de muchos de los caballeros de su tiempo —defectos algunos que les acarrearon el desprecio de los mismos católicos que decían defender—. Eran personas arriesgadas y de hábitos desordenados. Todos ellos eran duelistas (recordemos que el duelo estaba condenado por la Iglesia) y mujeriegos —llegando al extremo de que Percy fuese bígamo—.

Para la Navidad de ese año habían llegado ya a cavar una galería hasta la pared de la Cámara de los Lores. Pero, por más que lo intentaron, era demasiado gruesa y no pudieron atravesarla sin llamar la atención.

Fue así que idearon un plan distinto. El día de la Anunciación de 1605 alquilaron una bodega del edificio del Parlamento, en donde comenzaron a introducir explosivos. Y, a continuación, comenzaron a prepararse para el día después.

Todos estos planes requerían ingentes sumas de dinero que los complotados no tenían, y fue necesario admitir más miembros: Christopher Wright, Robert Keyes, Thomas Bates, Robert Winter, John Grant, Ambrose Rookwood, Sir Everard Digby y Francis Tresham. Además, comentaron sus planes con familiares, amigos y sacerdotes, pidiéndoles que tomasen precauciones para lo que iba a ocurrir.

Detalle del panfleto The Gunpowder Plot Conspirators de 1605
(National Portrait Gallery, Londres).
El clero inglés les negó apoyo y, además, advirtió a los fieles católicos que no podían colaborar en este complot. Hay varias teorías sobre cómo llegaron los planes a los ministros, en cualquier caso era ya vox pópuli y pronto el gobierno inglés conocía todos los detalles de la conspiración y decidió esperar hasta poder agarrar a todos los complotados con las manos en la masa.

El 4 de noviembre de 1605 capturaron a Fawkes mientras éste movía explosivos. Al día siguiente, el 5 de noviembre, intentaron arrestar al resto de los conspiradores cuando éstos se encontraban en el punto de reunión. Los que lograron escapar, huyeron hacia Gales.

La huida fue penosa. Los católicos que encontraban a su paso les negaron asilo. En Holbeche (Worcestershire) los complotados sufrieron un accidente con la pólvora que aún transportaban, y ya no pudieron continuar.

Se confesaron con el Padre Hammond, que casualmente pasaba por allí, y se prepararon para resistir. El 8 de ese mes por fin fueron atacados. En el breve combate murieron Catesby, Percy y dos de los Wright; el resto fueron capturados, algunos heridos de gravedad.

Tras días de interminables interrogatorios y torturas, en los que los ministros de Jacobo intentaban probar la existencia de una enorme red de católicos traidores, el 27 de enero del año siguiente fueron llevados a juicio.

El tribunal fue expeditivo y, el 31 de enero de 1606, los complotados sobrevivientes fueron ejecutados como traidores.

Pero todo no acabó allí. Sólo el haber sido pronunciado un nombre durante las torturas e interrogatorios, era, a su vez, sentencia segura. Miles de seglares y sacerdotes católicos ingleses, la mayoría completamente ajenos a la conspiración, fueron perseguidos en los meses siguientes y martirizados.

jueves, 25 de octubre de 2012

Historias de ‘recusantes’: La familia Throckmorton



En los “tiempos penales” del protestantismo inglés, se llamó recusantes (recusants) a aquéllos que se negaban a asistir a los servicios religiosos anglicanos. Si bien la denominación incluía originalmente también a los protestantes “no conformistas”, se convirtió eventualmente en equivalente a católico romano. Tras la emancipación de los católicos de 1829 y las migraciones del siglo XIX provenientes de Irlanda y Europa continental, por un lado, y las conversiones producidas a partir del Movimiento de Oxford, el término recusante va a utilizarse para referirse a los viejos católicos ingleses.

Los Throckmorton, a veces escrito como Throgmorton o abreviado simplemente como Morton, eran una de las principales familias “recusantes” del condado de Worcestershire, donde tuvieron la mayoría de sus propiedades. El nombre lo tomaron del lugar, en el territorio de la parroquia de Fladbury, que arrendaban al Obispo de Worcester, al menos desde el siglo XII.

En 1409, los Throckmorton llegaron por primera vez a la localidad de Coughton (que se pronuncia cout-’n) y que se convertiría en sinónimo de la familia, a través del casamiento de Sir Robert Throckmorton con la heredera de Coughton Court [foto]. Sir Robert era militar y había combatido al lado del rey Enrique VII de Inglaterra, el primero de los Tudor. Años después fijaría la sede de su familia en Coughton Court, antes de partir en peregrinación a Tierra Santa.

Sir Robert murió en el camino, en Italia, y fue heredado por su hijo: Sir George Throckmorton. El hermano menor de Sir Robert, William Throckmorton quedó momentáneamente con la administración de las propiedades familiares. William era doctor en Leyes y funcionario del ambicioso Cardenal Wolsey, canciller de sucesivamente de Enrique VII y, el hijo de éste, Enrique VIII.

Sir George Throckmorton (†1552) sirvió como abogado en el Middle Temple de Londres y, luego, sucedió a su tío como ayudante de Wolsey. Aunque sólo estuvo en la cancillería, le alcanzó para conocer a Sir Thomas More (Santo Tomás Moro), convirtiéndose en su amigo. Como éste, Sir George se opuso al rey Enrique cuando éste rompió con Roma. En un rapto de bondad, Enrique VIII le permitió retirarse “en silencio” a su propiedad de Coughton Court. Allí vivió por el resto de su vida, y alojó a las monjas que habían sido expulsadas de la abadía de Denny. Sir George tuvo 19 hijos y 112 nietos, todos ellos fieles católicos, excepto dos hijos: Clement y Sir Nicholas.

El hijo mayor y heredero principal fue Sir Robert Throckmorton (†1581). Como su padre, fue abogado en Londres y, posteriormente, funcionario real. Electo parlamentario en representación de Warwickshire y Northamptonshire, no abjuró de su catolicismo y esto le valió durísimas multas por “recusancia”.

Hermano de Sir Robert era Clement Throckmorton (†1573). Éste también fue electo parlamentario por Warwickshire, descollando como entusiasta anglicano. Adquirió una propiedad en Haseley, también en Warwickshire, y allí fundó con otros la Muscovy Company —la “Compañía Moscovita” para comerciar con el Imperio Ruso—. Hacia el final de su vida, el entusiasmo religioso de Clement fue derivando hacia las formas calvinistas que, eventualmente, serían el puritanismo.

Otro hermano de Sir Robert y de Clement fue Sir Nicholas Throckmorton (†1571), no siguió a su padre y decidió quedarse en la corte de Enrique VIII. Fue parlamentario también; era un protestante convencido y fue muy estimado por la reina Isabel I que lo envió como su embajador ante la corte del Rey de Francia. Desde allí conectó con la red de protestantes europeos que extendía sus tentáculos hasta Roma, Madrid y Viena. Así pudo denunciar varias conspiraciones contra la Reina. Los maquiavélicos secretarios isabelinos, Walsingham y Cecil, lo respetaban o temían —según las fuentes—. En cualquier caso, murió envenenado. En recuerdo suyo, existe en Londres la Throgmorton Street.

Otros hermanos de Sir Robert, Clement y Sir Nicholas fueron Sir Richard Throckmorton—del que se registran numerosas multas por recusancia—y Sir John Throckmorton (1524-80), que fue abogado en el Inner Temple de Londres y, posteriormente, parlamentario, gobernador de Warwickshire, fiscal y juez de paz, hasta que por su catolicismo obstinado sería despojado de sus cargos y títulos.

Hijo de Clement fue Job Throckmorton (1545-1601) que, educado en el Queen’s College de Oxford, fue puritano como su padre y (muy probable) autor de algunos de los panfletos contrarios a la Iglesia anglicana establecida escritos bajo el seudónimo de Marprelate (1588-89).

Primo de Job e hijo de Sir John fue Sir Francis Throckmorton (1554-84). Asistió a Oxford a pesar de su catolicismo y fue, luego, abogado en el Inner Temple como su padre. En 1583 se vio envuelto en la conspiración que lleva su nombre, la “Throckmorton Plot”, para colocar a María Estuardo, católica reina de los Escoceses, en el trono de Inglaterra. El descubrimiento de este complot le valió ser apresado, torturado, enjuiciado por traición y, finalmente, ejecutado.

Otro miembro de la familia, Thomas Throckmorton, se vio implicado en la famosa Conspiración de la Pólvora, y sólo salvó su vida por encontrarse en el exterior en esos momentos. Pero ya hablaremos de la “Gunpowder Plot” en otro momento.

Otro Sir Robert Throckmorton (1599-1650), nieto de su homónimo, fue creado primer Baronet de Coughton en el condado de Warwick en 1642 por el apoyo prestado al Rey contra el Parlamento. [Foto.] Durante la Guerra Civil, Coughton Court fue bombardeada por la artillería parlamentarista. Y, en 1689, una turba —que buscaba al rey Jacobo II— destruyó el ala Este de dicha mansión.

En el siglo XVIII, siendo católicos recusantes y jacobitas, los Throckmorton se retiraron a vivir del campo. Por aquel tiempo heredaron Buckland en Berkshire, propiedad de otra familia recusante, los Yates.

En 1792, el 6º Baronet agregó al apellido el de su madre, Courtenay, lo que le permitió heredar las propiedades de esta antigua familia de origen normando en Molland (Devonshire).

Sir Robert Throckmorton (1800-62) fue uno de los primeros católicos que obtuvo un escaño en el Parlamento en las elecciones de 1831, vigente ya la Ley de Emancipación de los Católicos de 1829. Fue parlamentario en representación de Berkshire y, en 1840, al morir su padre, se convirtió en el 8º Baronet Throckmorton de Coughton.

En 1916, durante la Primera Guerra Mundial, el 11º Baronet murió en acción en la Mesopotamia. Con él se extinguió esta célebre familia recusante.

Coughton Court pasó a los McLaren, luego McLaren-Throckmorton, quienes aún sostienen el festival literario anual que tiene lugar en la vieja mansión recusante con sus pozos para ocultar sacerdotes y su simbolismo católico secreto.

El blasón familiar era
Gules, on a chevron Argent three bars gemelles Sable”, con dos lemas “virtus sola nobilitas” y “moribus antiquis”.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Una figura de leyenda


"Sir Adrian Carton de Wiart"
obra de Sir William Orpen (†1931)
Actualmente en la National Portrait Gallery

El Teniente General Sir Adrian Carton de Wiart fue un oficial británico, descendiente de belgas e irlandeses, que combatió en la Guerra Anglo-Boer, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. Fue herido en la cara, la cabeza, el estómago, un tobillo, una pierna, la cadera y un oído; sobrevivió a la caída de un avión, escapó de un campo de prisioneros a través de un túnel y se arrancó de una mordida sus propios dedos cuando un doctor se negó a amputárselos. Posteriormente dijo, “francamente disfruté la guerra”. Al regreso de la Segunda Guerra Mundial, fue enviado a China como representante personal de Winston Churchill. En el camino, asistió a la Conferencia de El Cairo. El Oxford Dictionary of National Biography lo describía así: “con su parche negro en el ojo y una manga vacía, Carton de Wiart parecía un pirata elegante, y se convirtió en figura de leyenda”.

De Wiart nació en el seno de una familia aristocrática en Bruselas, el 5 de mayo de 1880, siendo el hijo mayor de Leon Constant Ghislain Carton de Wiart (1854-1915). Sus contemporáneos rumoreaban que él era el hijo ilegítimo del Rey de los Belgas, Leopoldo II. Pasó su infancia en Bélgica y en Inglaterra. La muerte de su madre irlandesa cuando tenía 6 años alentó a su padre a mudarse con su familia a El Cairo, donde éste tenía la posibilidad de ejercer el Derecho Internacional. Su padre, fue allí magistrado de la corte, con buenas conexiones en los círculos gubernamentales egipcios, y director de los Ferrocarriles Eléctricos de El Cairo. Aquí fue que De Wiart aprendió a hablar el árabe.

En 1891, su madrastra inglesa lo envió a una escuela católica en Inglaterra como pupilo, la Escuela del Oratorio fundada por el cardenal John Henry Newman. Tras graduarse, pasó al Balliol College de Oxford, pero pronto lo abandonó para unirse al Ejército Británico en la Guerra Anglo-Boer en 1899. Para ello mintió en el nombre y la edad. En África del Sur, resultó herido en el estómago y en la ingle, siendo devuelto a casa como inválido. Luego de un breve tiempo en Oxford por segunda vez, donde conoció e hizo amistad con Aubrey Herbert, recibió una comisión en el 2º de Caballería Ligera Imperial. Nuevamente luchó en Sudáfrica y en 1901 recibió una comisión regular en el 4º de los Dragones de la Guardia. De Wiart fue transferido a la India en 1902. Disfrutaba de los deportes, especialmente del tiro y el lanceo.

Las serias heridas que De Wiart recibió en la Guerra Anglo-Boer lo impulsaron a desear una buena aptitud física, corriendo, trotando, caminando y jugando deportes regularmente. Para sus amigos, era “un personaje delicioso que debería tener el récord mundial de malas palabras”. De Wiart estaba muy bien conectado en los círculos europeos, sus primos más cercanos eran el conde Henri Carton de Wiart, primer ministro de Bélgica (1920-21), y el barón Edmond Carton de Wiart, secretario político del Rey belga y director de la Société Générale de Belgique. Pidió la baja y se dedicó a recorrer Europa Central, gracias a sus conexiones con la nobleza católica, cazando en propiedades aristocráticas de Bohemia, Austria, Hungría y Baviera. En 1908 desposó a la condesa Friederike Maria Karoline Henriette Rosa Sabina Franziska Fugger von Babenhausen (*Klagenfurt 1887-1949 Viena), hija mayor de Karl Ludwig, 1º Príncipe Fugger von Babenhausen, y su esposa, la princesa Eleonora, residentes en Klagenfurt (Austria).

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, De Wiart se encontraba de viaje hacia la Somalilandia Británica donde tenía lugar un conflicto armado contra los seguidores de Mohammed bin Abdullah, llamado “el Mulá Loco” (Mad Mullah) por los británicos. Había sido asignado al Cuerpo de Camellos de Somalilandia. Uno de los oficiales del estado mayor de aquel cuerpo era Hastings Ismay, posteriormente Lord Ismay, asesor militar de Churchill. Durante un ataque contra un fuerte enemigo en Shimber Berris, De Wiart recibió un tiro en la cara y, consecuentemente, de ahí en más usó un parche negro sobre su ojo izquierdo.

En febrero de 1915, embarcó en un vapor hacia Francia. De Wiart tomó parte en la lucha del Frente Occidental, comandando sucesivamente tres batallones de infantería y una brigada. Resultó herido siete veces más en la guerra, perdiendo su mano izquierda en 1815 y arrancando sus dedos cuando un doctor se rehusó a amputárselos. En la batalla del Somme, recibió un tiro en la cabeza y otro en el tobillo. En Passchendaele, uno en la cadera. En Cambrai, uno le atravesó una pierna. Y en Arras, otro tiro le dio en el oído. Para recobrarse de sus heridas, fue conducido al Sanatorio de Sir Douglas Shield.

Por su actuación en la Gran Guerra, De Wiart recibió la Cruz Victoria (VC), la más alta condecoración al valor en combate que puede recibir un miembro de las fuerzas armadas del Imperio Británico. Tenía 36 años y era teniente coronel del 4º de Dragones de la Guardia (Irlandeses Reales), del Ejército Británico, asignado al Regimiento de Gloucestershire, al mando del 8º batallón, cuando tuvieron lugar los siguientes eventos el 2 y el 3 de julio de 1916, en La Boiselle (Francia):

“Por valentía, sangre fría y determinación sobresalientes durante difíciles operaciones militares de naturaleza continua. Fue gracias en gran medida a su valor sin límite y ejemplo inspirador que se logró detener un serio revés en el frente. Desplegó la mayor energía y coraje forzando nuestro contraataque. Luego de que otros tres comandantes de batallón cayeran, unificó sus mandos y se aseguró de que el terreno ganado fuese mantenido a toda costa. Se expuso frecuentemente durante la organización de las posiciones y los pertrechos, bajo fuego intensísimo de ametralladora. Su valor inspiró a todos.”

A pesar de todas las heridas que había sufrido en esta guerra, De Wiart dijo al final: “Francamente, disfruté la guerra.”

Al final de la guerra, fue enviado a la II República Polaca como segundo al mando de la Misión Militar Británica, dirigida por el general Louis Botha, al que, tras un breve período, reemplazó. Desesperadamente Polonia necesitaba de apoyos dado que se encontraba en guerra con la Rusia bolchevique, los ucranianos, los lituanos y los checoslovacos.  Se hizo amigo cercano del líder polaco, el mariscal Piłsudski. Después de un breve período de cautiverio en una celda lituana producto de la caída del avión en el que viajaba, regresó a Inglaterra para reportar directamente al entonces Secretario de Estado de la Guerra, Winston Churchill. A éste le transmitió la predicción de Piłsudski sobre el fracaso de la ofensiva del general ruso blanco Anton Denikin sobre Moscú. Cosa que sucedió poco después. Churchill era más comprensivo con las necesidades polacas que Lloyd George, y, a pesar de las objeciones de éste, logró enviar algo de material de apoyo a Polonia. De Wiart estaba allí en agosto de 1920, cuando el Ejército Rojo estuvo a las puertas de Varsovia. Viajando en un tren como observador, salió a dar una vuelta cuando fue sorprendido por un grupo de la caballería roja, a los que combatió con su revolver, mientras regresaba corriendo al ferrocarril, cayendo en las vías y volviendo a subir.

En julio de 1939, fue reincorporado y nombrado en su antiguo trabajo, como jefe de la Misión Militar Británica en Polonia. Ésta fue atacada por la Alemania nazi el 1º de septiembre y el 17 del mismo mes, los soviéticos, aliados con los alemanes, atacaron a los polacos desde el Este. A medida que la resistencia polaca se debilitaba, De Wiart evacuó su Misión desde Varsovia, junto con el gobierno de Polonia. Pegado al comandante polaco Rydz-Śmigły, De Wiart se abrió camino con el resto de la Misión Británica hasta la frontera rumana, con los alemanes y los soviéticos pisándoles los pies. El convoy de automóviles fue bombardeado por la Luftwaffe en el camino y la esposa de uno de sus asesores murió. En Rumania estuvo a punto de ser arrestado y escapó el 21 de septiembre en avión con un pasaporte falso, justo en el momento en que era asesinado el primer ministro rumano, Armand Calinescu, de conocidas inclinaciones pro aliadas.

Luego de un breve comando de la 61ª División en las Midlands de Inglaterra, De Wiart fue convocado en abril de 1940 para tomar el mando de una fuerza anglo-francesa, rejuntada con demasiada prisa, que ocuparía un pequeño pueblo del centro de Noruega, Namsos. Sus órdenes eran las de tomar la ciudad de Trondheim, a pocos kilómetros al sur, en combinación con un ataque naval, y avanzar hacia el sur junto a tropas que desembarcarían en Åndalsnes. Voló a Namsos para observar el terreno donde aterrizarían sus tropas. Cuando su hidroavión Sunderland estaba por aterrizar, fue atacado por un caza alemán y su asistente resultó gravemente herido y tuvo que ser evacuado.

Luego de que las tropas alpinas francesas aterrizaran (sin sus mulas de carga ni las trabas de sus esquís), la Luftwaffe bombardeó y arrasó el pueblo de Namsos. Los británicos aterrizaron sin transporte, ni esquís ni artillería. No había tampoco cobertura aérea. Los franceses se quedaron atorados en Namsos por el resto de la corta campaña de Noruega. A pesar de estos reveses, De Wiart se las arregló para mover sus fuerzas a través de las montañas y caer sobre el fiordo de Trondheim, desde donde fueron bombardeados por los buques alemanes. No tenían artillería para desafiar a los destructores enemigos. Pronto se hizo evidente que toda la campaña noruega se había convertido en una farsa. El ataque naval sobre Trondheim, que era la razón para el aterrizaje de Namsos, nunca tuvo lugar y sus tropas quedaron expuestas sin artillería, ni transporte, ni cobertura aérea, ni esquís, solos, en medio de la nieve, y a pie. Enfrente tenían a tropas alemanas alpinas, montadas en esquís, y con cobertura de ametralladoras y bombarderos desde el aire, mientras la Armada Alemana desembarcaba tropas en su retaguardia. De Wiart recomendó retroceder, pero se le ordenó que mantuviera su posición por razones políticas; cosa que hizo.

Recibió órdenes y contraórdenes de Londres hasta que se decidió retirar a los sobrevivientes. Sin embargo, en la fecha marcada para evacuar a las tropas, los buques aliados nunca aparecieron. La noche siguiente arribó finalmente una fuerza naval, conducida a través de la espesa niebla por Lord Louis Mountbatten. Los transportes lograron sacar a toda la fuerza anglo-francesa, a pesar de ser bombardeados duramente durante toda la salida, y el hundimiento de un destructor francés y de uno británico, el HMS “Afridi”. De Wiart y sus hombres arribaron a la base naval de Scapa Flow en las islas Orcadas del Norte el 5 de mayo de 1940.

Fue repuesto como jefe de la 61º División, pronto transferida a Irlanda del Norte como defensa ante una posible invasión. De Wiart elevó la eficiencia de la 61º a elevados estándares. Sin embargo, tras el arribo del teniente general Sir Henry Royds Pownall, recientemente nombrado comandante en jefe de Irlanda del Norte, se le dijo a nuestro biografiado que ya era demasiado viejo para comandar una división en servicio. Pero estuvo inactivo por muy poco tiempo, siendo nombrado jefe de la Misión Militar Británica en Yugoslavia el 5 de abril de 1941. Hitler estaba preparándose para invadir aquel país y los yugoslavos habían solicitado ayuda a Gran Bretaña. De Wiart viajó a Belgrado en un bombardero Wellington. Tras cargar combustible en la isla de Malta, el avión partió hacia El Cairo, en medio de amenazas aéreas desde el Norte y el Sur. Cerca de la costa de Libia, entonces controlada por Italia, ambos motores del Wellington fallaron, y el bombardero cayó en el mar, a una milla de la costa. Se golpeó y quedó inconciente, pero el agua fría lo despertó. Cuando el avión se partió y comenzó a hundirse, él, con los demás, se vio forzado a nadar cerca de una milla, siendo capturados por las autoridades italianas.

De Wiart era un prisionero de alto nivel. Tras cuatro meses como huésped en Villa Orsini, Sulmona, fue transferido a una prisión especial para oficiales superiores en el Castello di Vincigliata. Allí conoció a un buen número de oficiales superiores que habían sido tomados prisioneros durante la exitosa campaña de Rommel en el Norte de África a comienzos de 1941. Hizo buenos amigos: el general Sir Richard O’Connor, Thomas Daniel Knox, el 6º Conde de Ranfurly y el teniente general Philip Neame V.C. Con los cuatro se comprometió a escapar. De Wiart hizo cinco intentos, hasta que tras siete meses de cavar un túnel, lo logró. Evadió la captura disfrazado de campesino italiano, caminando sin parar durante 8 días por el norte de Italia, sorprendentemente sin hablar una sola palabra del idioma, con 61 años de edad, su parche en el ojo, su manga vacía y con vendajes sobre sus múltiples heridas, hasta que finalmente cayó preso nuevamente. Irónicamente, debido a ser catalogado como discapacitado, había sido aprobado por el gobierno italiano para ser repatriado a cambio de una simple promesa de no volver a combatir en la guerra —lo que probablemente hubiese rechazado si la notificación llegaba a tiempo.

En cartas a su esposa Hermione, el Conde de Ranfurly describió a De Wiart en cautiverio como “… un personaje delicioso” y, agragaba, “… debe tener el récord de malas palabras”. Ranfurly se veía “… infinitamente entretenido por él. Es realmente una buena persona, soberbiamente abierto.”

Entonces, sorprendentemente, De Wiart fue sacado repentinamente de prisión en agosto de 1943 y conducido a Roma. Italia estaba tratando de salirse de la guerra pero las negociaciones secretas iban demasiado despacio. Debía acompañar a un negociador italiano, el general Giacomo Zanussi, a Lisboa para encontrarse con los negociadores aliados que facilitarían la rendición. Pero, para mantener las apariencias, se le pidió a De Wiart que vistiese de civil. Éste, desconfiando de los sastres italianos, exigió ropa que estuviese bien hecha. No iba a usar, dijo, un “traje de un maldito gigoló”. En Happy Odyssey, describió el traje resultante como el mejor que jamás tuvo en toda su vida. Cuando llegaron a Lisboa, fue relevado y regresó a Inglaterra, donde arribó el 28 de agosto de 1943.

Al mes de su vuelta a Inglaterra, De Wiart fue convocado a la residencia campestre del Primer Ministro en Chequers. Allí, Churchill le informó de que sería enviado a China como su representante personal. Salió por vía aérea hacia la India el 18 de octubre de 1943. Llegó al cuartel general del Gobierno Nacionalista Chino en Chungking (Chongqing), a principios de diciembre. Durante los siguientes tres años, se vería envuelto en la realización de informes, la asistencia a reuniones diplomáticas y en tareas administrativas en aquella capital remota de tiempos de guerra. Trabajó junto a Chiang kai-Shek y, cuando finalmente se retiró del Ejército Británico, De Wiart recibió un generoso ofrecimiento de Chiang. Regularmente volaba a la India donde enlazaba con los oficiales británicos. Su viejo amigo, Richard O’Connor, había escapado de la prisión italiana y era ahora comandante de las tropas británicas de la India Oriental. El gobernador de Bengala, el australiano Richard Casey, se hizo buen amigo suyo, siendo que su esposa había atendido como enfermera a De Wiart en la Primera Guerra Mundial.

Muchos de sus informes tenían que ver con el creciente poder de los comunistas chinos. El historiador Max Hastings dice que “De Wiart despreciaba a los comunistas al comienzo, llamando a Mao ‘un fanático’, y agregando: ‘no puede creer que lo diga en serio’. Decía al gabinete británico que no existía alternativa posible fuera de Chiang al mando de China.” Conoció personalmente a Mao Zedong en una comida y tuvo una discusión memorable con él, al interrumpir su discurso propagandístico para criticarlo por rehusarse a combatir a los japoneses por razones domésticas. Mao se sorprendió mucho… y luego se echó a reír.

Luego de que los japoneses se rindieron en agosto de 1945, De Wiart voló a Singapur para participar de la rendición formal. Tras visitar Peking, se mudó a Nanking, la nueva capital nacionalista liberada, junto a Julian Amery, el nuevo representante personal del Primer Ministro británico ante Chiang Kai Shek.

En camino a casa, vía la Indochina Francesa, paró en Rangún como invitado del comandante del Ejército. Al bajar las escaleras, tropezó con una estera de coco, cayó al piso, rompiendo su columna y varias vértebras, y quedando inconciente. Eventualmente regresó a Inglaterra para ser internado en un hospital donde lentamente se recuperó. Los doctores lograron extraerle una buena cantidad de metralla de sus antiguas heridas. Cuando pudo, viajó a Bélgica a visitar a sus parientes.

Sir Adrian murió recién el 5 de junio de 1963 a los 83 años de edad.

Además de la Cruz Victoria, era caballero comendador de la Orden del Imperio Británico (KBE), compañero de la Orden del Baño (CB), compañero de la Orden de San Miguel y San Jorge (CMG) y lucía la Orden de Servicios Distinguidos (DSO).

En sus memorias escribió como Don Quijote: “Los gobiernos pueden pensar y decir lo que les plazca, pero la fuerza no puede ser eliminada, y es el único poder real e irresponsable. Se nos dice que la pluma es más fuerte que la espada, pero sé muy bien cuál de esas armas yo elegiría.”


viernes, 17 de agosto de 2012

De caballeros, libros y causas perdidas



Vía All Manner of Thing, el blog de C. Burrell, nos hemos enterado de que la Biblioteca Británica, junto con la Universidad de Calgary (Canadá), ha digitalizado y publicado en Internet el manuscrito llamado “Cotton Nero A.x.”, que incluye la versión más antigua conocida de Sir Gawain y el Caballero Verde, así como las poesías Pearl, Patience y Cleanness, en inglés medio. Aunque descuento que los conocimientos de paleografía e inglés antiguo en mis lectores no son como para emprender la lectura (especialmente desde que contamos con la excelente versión moderna de J. R. R. Tolkien), sí son de admirar sus bellas iluminaciones.



Este manuscrito se encontraba en la antigua Biblioteca Cotton, colección bibliográfica con una muy rica historia. Fue iniciada por Sir Robert Bruce Cotton (1571-1631), parlamentario inglés que dedicó su vida a ubicar, comprar y preservar todo el rico material libresco que fue arrebatado a los monasterios tras su disolución en 1536-41. Además de esto, Sir Robert recorría las oficinas públicas en busca de documentos oficiales que corrían también riesgo.

Esta obra bibliófila fue continuada por su hijo Sir Thomas (1662) y su nieto Sir John (1702), aún muchas veces a riesgo de su libertad o la vida. Poco antes de la muerte de este último, la biblioteca fue legada, junto con la Cotton House, al Parlamento de Gran Bretaña. Este cuerpo nombró un grupo de curadores que, eventualmente, mudarían este tesoro a la Casa Essex en la calle Strand. Pero, pronto, cuando se hizo evidente el riesgo de incendio que allí existía, la Biblioteca Cotton pasó a la Casa Ashburnham.

En Casa Ashburnham se le uniría también los volúmenes y registros de la vieja Biblioteca Regia en 1707. Allí, los antiguos manuscritos sufrieron el gravísimo incendio del 23 de octubre de 1731. Toda la sociedad londinense recordaba cómo el bibliotecario de la mansión, el Dr. Bentley, apenas escapó del fuego sosteniendo bajo el brazo el invalorable Codex Alexandrinus. Otros libros, como el Génesis de Cotton, no tuvieron tanta suerte.

Si bien la mansión de los Condes de Ashburnham fue restaurada bajo supervisión directa del Parlamento, al ser fundado el Museo Británico, por ley de 1753, la Biblioteca Cotton se transfirió a ese edificio.

Por tradición, se ha mantenido la clasificación ideada por Sir Robert en el siglo XVII. Éste había dispuesto una serie de bustos de césares romanos para identificar cada sector, de allí señalaba el estante y el número de volumen desde el borde. Es así que Cotton Nero A. x. se leía: “a la altura del busto de Nerón, último estante, décimo volumen”.

La Casa Ashburnham queda en el pequeño patio del deán de la Abadía de Westminster y hoy es uno de los edificios de la Escuela de Westminster. Tras la restauración de la monarquía, en 1660, los Condes de Ashburnham encargaron al arquitecto Inigo Jones (o a su discípulo, John Webb), la construcción de la sede solar de la familia junto al Parlamento de Londres. La casa fue levantada en donde estaba la antigua Casa del Prior de la Abadía y para disponer el jardín, se sacaron los escombros del antiguo Refectorio monástico.

Los Ashburnham procedían de la villa del mismo nombre cerca de la localidad de Battle en Sussex, donde tuvo lugar la batalla de Hastings (1066) que aseguró al duque Guillermo de Normandía la conquista de la corona de Inglaterra. Al menos desde el siglo XII, sino antes, vivieron allí los que serían posiblemente descendientes de una rama de la familia normanda de los Señores de Criol. Hoy se sabe que la proveniencia de los antiguos reyes sajones de Ashburnham no es tal.



Em 1603, el rey Jacobo I llama a su lado en la Torre de Londres a John de Ashburnham (1571-1620), un militar que lo había ayudado a ocupar el trono a la muerte de su tía Isabel I, y lo crea caballero. Pero Sir John parecía no estar apto para la paz, y sin guerras en que combatir, tuvo una vida bastante disipada. Fue así que, ya para principios del siglo XVII, se vio obligado a vender la tradicional residencia familiar para pagar deudas. Deudas que pronto se renovaron y que lo llevarían a prisión, donde lo alcanzará la muerte.

Su hijo del mismo nombre, apodado “Jack”, fue, en cambio, un aplicado servidor público. A cargo de las arcas reales de Carlos I, y acompañando al Ejército Real en sus campañas contra los Parlamentarios, recuperó el honor familiar y logró readquirir la casa solar que se mantuvo en posesión de la familia hasta 1953, año en que murió Lady Catherine Ashburnham, la sobrina del 6º Conde.

El nieto de “Jack”, también de nombre John (1658-1710), fue parlamentario en representación del distrito de Hastings y, por su apoyo contra los Estuardo, los reyes Guillermo III y María II lo crearon Barón Ashburnham de Ashburnham en el Condado de Sussex, par del Reino de Inglaterra, con un escaño en la Cámara de los Lores. Este primer Lord Ashburnham estaba casado con Bridget, hija y única heredera de Sir Charles Vaughan de Porthammel House (en Breconshire), aportando considerables bienes a la familia que vio asegurada así la viabilidad económica del nuevo título noble.

Su hijo mayor, William (1679-1710), fue también parlamentario por Hastings y, al heredar el título, debió abandonar la Cámara de los Comunes y ocupar su escaño entre los Lores. Pero murió al poco tiempo, soltero y sin hijos, por lo que el título y el patrimonio pasaron a su hermano menor, John (1687-1737).

Lord John era hasta entonces parlamentario también por Hastings, pero, a diferencia de su padre y hermano, pertenecía al partido Tory y era un conocido conspirador jacobita. Escándalo fue para sus correligionarios comprobar que tan fácil, como tercer Barón Ashburnham, cambiaría sus lealtades, sentándose entre los Lores del partido Whig. Desde su lugar en la Cámara, apoyó decisivamente a los Reyes de la dinastía Hánover contra todo intento de restauración de los Estuardo y, posiblemente, delató a muchos de sus antiguos co-conspiradores. Fue así que, en 1730, John Ashburnham, 3º Barón Ashburnham, fue proclamado Conde de Ashburnham y Vizconde Saint-Asaph —título que éste pasaría a su hijo John (1724-1812) y se convertiría así en el título honorario que usarían los herederos—.

Este John se convirtió entonces, en 1737, en el 2º Conde, y su hijo George (1760-1830), en Vizconde St. Asaph. Este George estudió en la Universidad de Cambridge, obteniendo la Maestría en Artes en el Trinity College, y fue uno de los curadores del Museo Británico, convirtiéndose en 1812 en el 3º Conde y 5º Barón Ashburnham.

Habiendo fallecido su hijo mayor, el título fue heredado por el segundo hijo, Bertram (1797-1878). Éste era todo un personaje de su época: viajero y explorador, botánico y naturalista amateur, historiador, anticuario y bibliófilo… En sus viajes adquirió una inmensa colección de viejos manuscritos, incunables e impresos que se hizo legendaria.

Su hijo del mismo nombre, Bertram (1840-1913), el 5º Conde de Ashburnham, fue también todo un personaje como su padre. Conoció en Londres a distintos exiliados de las Guerras Carlistas en España y conoció a Don Juan, al que ayudó económicamente, y, eventualmente, a su hijo, Don Carlos, quien causó  especial impresión en Lord Ashburnham.

Tanto fue así que hizo publicidad entre la sociedad británica para la causa legitimista española y prestó un velero de su propiedad, el S.Y. “Firefly”, para contrabandear armas. Financió publicaciones carlistas no sólo de España sino también del exterior y en sus archivos, entre numerosas cartas de carlistas, se cuentan varios números de El Legitimista Español, periódico tradicionalista editado en Buenos Aires por el emigrado carlista Francisco de Paula Oller.



Al mismo tiempo, se convirtió en un ardiente defensor de la causa Jacobita que ayudó a revivir, aún cuando mantenía muy cordiales relaciones con la reina de facto Victoria. En el seno de la Cámara de los Lores, lideró el Partido Jacobita, que ayudó a fundar con varios lords escoceses. Y patrocinó el Club Legitimista del Valle del Támesis, en algún tiempo muy popular entre las clases obreras del sur de Londres —causando alarma a las autoridades—.

No tuvo hijos varones, y el título será heredado por su hermano menor Thomas (1855-1924), que, soltero y sin hijos, sería también el último de su familia en ostentar el título.

Para fines del siglo XIX, las “excentricidades” de los Ashburnham los habían puesto en situación financiera complicada. Fue así que el Parlamento comenzó a negociar la compra de la famosa biblioteca del 4º Conde. El trato no logró cerrarse y, finalmente, los volúmenes se vendieron por separado: muchos están hoy en la Biblioteca Británica, pero otros están repartidos en distintos sitios, como la Biblioteca Nacional de París.

La Casa Ashburnham de Ashburnham Place sufrió graves daños durante la Segunda Guerra Mundial y, al morir Lady Catherine, hija y sobrina respectivamente de los dos últimos condes, los interiores de la casa fueron subastados por Sotheby’s en 1953 y el edificio vendido por partes en los años siguientes. Inviable económicamente, en medio de una grave crisis económica, en 1959 la vieja mansión familiar de los Ashburnham, uno de los edificios más bellos del sudeste inglés, fue demolida en su mayor parte. Hoy en día, los restos se utilizan como residencia, casa de retiros y salón de conferencias.



Sic transit gloria mundi…


martes, 7 de agosto de 2012

Sobre abadías, nobles, cabañas e inmigrantes



La escritora estadounidense Elena María Vidal (seudónimo de Mary-Eileen Russell, neé Laughland) es, además de historiadora de profesión, una exitosa autora de novelas históricas ambientadas en el reinado de Luis XVI, la Revolución Francesa, etc. Mantiene, además, un muy interesante blog llamado “Tea at Trianon”. Traducimos y reproducimos a continuación un interesante comentario a la exitosa serie británica “Downton Abbey”, creación del Barón Fellowes de West Stafford en el condado de Dorset.


¿Ya basta de “Downton Abbey”?

—Ha llegado la hora —dijo la morsa—
De que hablemos de muchas cosas:
De barcos... lacres... y zapatos;
De reyes... y repollos...
(A través del espejo y lo que Alicia encontró allí)

Como muchos de ustedes saben, estoy escribiendo una novela sobre mis antepasados irlandeses que se establecieron en el salvaje Ontario en la década de 1820. Un amigo me envió un artículo con el título “Ya basta de ‘Downton Abbey’: Necesitamos una nueva ‘Familia Ingalls’”. Me sonreía mientras leía las siguientes palabras: “Ya basta de palacios y reyes; quiero ver una cabaña y una carreta.” Me encuentro trabajando para recrear la vida de la cabaña de mi tatarabuelo que levantó con sus propias manos. Cuanto más investigo a Daniel O’Connor, más me maravillo con lo que logró y cómo luchó por educar a una gran familia mientras mantenía la práctica de la fe católica a pesar del prejuicio local. Conocido por su agudeza, su humor y su cortesía, se convirtió en el primer magistrado católico irlandés del condado de Leeds en Ontario. Era un hombre de honor y un verdadero caballero; me enorgullezco de ser su descendiente.

En cuanto a “Downton Abbey” versus “La familia Ingalls”, ¿por qué no podemos tener palacios y cabañas? ¿No hay, acaso, buenas historias que necesitan ser contadas? ¿O nos estamos acercando a la postura marxista para la cual todo lo que tenga que ver con la aristocracia no es más que estar caminando en el barro? Me sorprende que luego de todo este tiempo viendo a los regímenes marxistas caer uno tras otro durante los últimos cien años aún veamos el mundo en términos de lucha de clases, tal como si fuésemos bolcheviques. Como buenos marxistas, nos enfocamos en el mundo material más que en el espiritual; en el mundo material, las posesiones reinan por sobre todo. Suponemos que aquéllos que más tienen son más felices que aquéllos que menos tienen, lo que nos conduce a envidiar a los más favorecidos, y así el marxismo se ve alimentado con la envidia y la ambición. Habiendo estudiado a reyes y personajes aristocráticos históricos durante buena parte de mi vida, puedo afirmar que la felicidad no tiene absolutamente nada que ver con la riqueza o el poder.

Lo que nos recuerda a María Antonieta. El autor del artículo citado la menciona en las siguientes líneas:

“Las obras históricas que tienen lugar en escenarios aristocráticos sólo fomentan la paradoja. Mayor indignación moral y mayor disfrute de lo fantástico: un más alto grado de desigualdad social, con sorprendentes niveles de glamour en la cima. Seis años atrás, el crítico de la cultura Camille Paglia escribió un ensayo sobre la repentina popularidad de María Antonieta, la reina decapitada de Francia, entre los escritores y cineastas. En el transcurso de un año, la antigua reina se convirtió en el objeto de dos novelas históricas, un estudio académico, dos documentales y un filme dirigido por Sofia Coppola.”

Tal vez es porque sé lo que sé sobre ella que no encuentro nada glamoroso acerca de la vida de María Antonieta. No hay nada de glamoroso en casarse con un completo extraño y en tener que dar a luz en público. Su vida fue una larga tragedia que ella intentó iluminar con los recursos que tenía más a mano, para ella misma y para los demás. Sufrió una muerte ignominiosa sabiendo que a sus pequeños hijos les esperaba el tormento de una húmeda prisión. Estudiar y escribir acerca de ella no tiene nada de “escapismo”, sino una somera meditación sobre las cuatro postrimerías.

Sin embargo, un aspecto agradable de la vida de esta reina, uno que es completamente ignorado o ridiculizado, es el enorme interés que ella tuvo por las vidas de los pobres y  de los campesinos. Lo cual tuvo numerosas manifestaciones prácticas, tales como la construcción de casas para los desposeídos y la fundación de hospicios para huérfanos. Esto no lo vio como algo extraordinario; era para ella simplemente su obligación.

Lo que nos devuelve a los Crawley de Downton Abbey. Aunque los lujosos vestidos, las escenas románticas y la mansión son algo lindo de ver —el entretenimiento debe, se supone, entretener—, lo que subyace en el nudo del drama es esa seria responsabilidad que llamamos nobleza obliga, la obligación de aquéllos que tienen que ocuparse de aquéllos que no tienen. Lo que coloca a “Downton Abbey” en un lugar distinto al de otros programas de televisión referidos a gente privilegiada es que en “Downton Abbey” existe un código de honor. Lord Grantham se rehúsa a seducir a una mucama porque sabe que eso sería una ventaja injusta debido a su rango, dejando de lado que sabe que eso es cometer adulterio. En “Downton” queda claro que el honor no pertenece a ninguna clase social en particular, hasta Bates, el valet cojo, es un príncipe, lo mismo que Carson, el mayordomo. Thomas, el lacayo, por el contrario, es un delincuente y el nuevo rico Sir Richard nos demuestra que el viejo refrán sobre monas vestidas de seda aún es cierto.

¿Es antiestadounidense disfrutar “Downton Abbey”, como alguien dijo? Por lo mismo, ¿es antiestadounidense leer o escribir sobre monarcas europeos que aún tienen un papel protagónico en obras de ficción histórica? Los estadounidenses, como cualquier otra persona, disfrutan las buenas historias. Nuestros antepasados, venidos de distintos continentes y culturas, se contaban historias, muchas de las cuales hoy pondríamos en la categoría de cuentos de hadas, y las historias más viejas, de mitos. Muchas, sino la mayoría, de esas historias se referían a reyes, reinas, princesas y príncipes. Aquéllas que se refieren a campesinos, terminan con el campesino enriqueciéndose o llenándose de comida, y, en general, también incluye el matrimonio con un miembro de la nobleza. Esto no es sólo la materia prima de los sueños, sino de las historias que hoy se vuelven a contar en libros, películas y series de televisión, y que nos pueden ayudar a tratar con el presente, no escapándonos de él, sino viéndolo a la luz de una gran tragedia, de un gran romance o de ambos. Para citar a la guionista Barbara Nicolosi:

“Aristóteles escribió en su Poética que las historias son importantes porque sirven a dos instintos primarios en nosotros: el instinto de imitación y el instinto de armonía. Aprendemos por imitación, y en los cuentos, tenemos la oportunidad de aprender muchas más lecciones vitales que las que nos puede enseñar nuestra propia experiencia de vida. En los cuentos, aprendemos indirectamente a través de personajes amados, es decir con mucho más disfrute que con los golpes de la escuela de la vida. El instinto de armonía nos lleva a buscar en los cuentos todas las cosas que la vida real no nos puede ofrecer —la destreza en un oficio, el tomar altos riesgos, el acceso íntimo a las vidas de otros, la inteligibilidad de sus elecciones y motivos, la unidad argumental donde las partes aburridas o irrelevantes quedan fuera, y la satisfacción de un final—. De un modo muy real, necesitamos historias que nos enseñen a vivir. Disfrutamos las lecciones porque las historias nos deleitan con su arte.

”En segundo lugar, Aristóteles dice que la sociedad necesita historias que lleven a su gente a experiencias catárticas de misericordia y de temor al mal. Deberíamos poder salir de una obra de teatro o una película preguntándonos: ‘¿cómo pudo pasar esto? ¿de dónde salió todo este problema?’, mientras que, al mismo tiempo, sentimos ‘gracias a Dios que no me sucedió a mí’.”

Debo decir que es mucho más difícil escribir sobre inmigrantes irlandeses en el  bosque canadiense que sobre María Antonieta. La historia de María Antonieta es la tragedia perfecta. Pero aún así, los campesinos irlandeses que vinieron al Nuevo Mundo tienen un buen potencial para el drama. Cuando uno no tiene nada, entonces no hay otro lugar al que acudir… más que arriba.

La dama Maggie Smith en el rol de la Condesa Viuda de Grantham,
tal vez el personaje más popular de la serie.