“Juego de Tronos” como historia:
No es tan realista como parece… y eso está bien
Por
Kelly DeVries, Foreign Affairs, March 29, 2012.
Traducimos
y reproducimos a continuación la siguiente nota del profesor DeVries no tanto
por la serie de ficción “Juego de Tronos” (Game of Thrones), sino por su
retrato de lo que fue el medioevo en realidad. Advertimos que el área de
especialización del autor es la historia bélica de la Edad Media, por lo que
sus afirmaciones fuera de ese ámbito nos merecen algunos reparos que incluimos
como comentarios al final. Finalmente, nos queda decir que la serie “Juego de
Tronos” tiene cierto grado de violencia y sexo explícito que no la hacen
recomendable para todas las sensibilidades.-
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Sean Bean en su muy digno papel como Ned Stark, el caballeroso Jefe de Casa Stark, Señor de Invernalia y Guardián del Norte. |
Durante medio
siglo, la fantasía ha sido, en esencia, una serie de notas al pie de la obra de
Tolkien. Esto fue así hasta George R. R. Martin. La épica de Martin, la serie “Una canción de hielo y fuego” —hasta
ahora en cinco novelas, con las dos primeras dramatizadas en una serie de HBO
por David Benioff y D. B. Weiss con el nombre “Juego de Tronos”— se aventura resueltamente fuera del cajón de
Tolkien y, en el proceso, ha revitalizado todo el género. Fuera han quedado los
hobbits, los elfos, los enanos no-humanos, los ents, los balrogs y los artilugios
más mágicos (aunque no toda la magia ni las criaturas mágicas). También fuera
quedan las simplicidades maniqueas de un mundo donde la mayoría de los
personajes rápidamente pueden ser clasificados como buenos o malos. La saga de
Martin tiene pocos héroes unidimensionales y mucha gente con personalidades
complejas.
“Una canción de hielo y fuego” está
enmarcada en un mundo modelado sobre la base de la Inglaterra medieval, y
muchos dicen que la clave de la popularidad de la serie está justamente en ser
un retrato fiel y sensible de la vida medieval. Millones de lectores y
televidentes han conformado un apasionado vínculo íntimo con la creación de
Martin, dicen, porque, justamente, no es una historia simple sino, por el
contrario, una que está enraizada en la experiencia humana real. El mismo
Martin ha alentado esta línea de especulación, alegando que él lee “todo lo que
llega a mis manos” sobre historia medieval, mucho de lo que ha incluido como
bibliografía en su web para aquéllos que estén interesados en sus fuentes.
¿Pero esto es correcto? ¿Qué tan realista es “Una canción de hielo y fuego”?
La respuesta es
“no mucho”. Antes de que las hordas de fanáticos enojados apunten sus
catapultas en mi dirección, sin embargo, dejadme darme prisa en agregar que
esto es algo bueno, no algo malo. Como historiador de este período, os puedo
asegurar que la Edad Media real era muy aburrida —y si la épica de Martin
hubiese sido verdaderamente fiel desde el punto de vista histórico, también
habría sido muy aburrida—. Me alegro que Martin se tome todas las libertades
que se toma, porque prefiero que mis lecturas de ficción sean entretenidas.
También lo pensaba así la gente medieval, y es por eso que las creaciones
literarias más populares de la época eran casi tan fantásticas como las de
Martin.
Ningún godo de
nombre Beowulf arrancó el brazo de un monstruo llamado Grendel ni peleó, luego,
con la madre del monstruo en una cueva. Es posible que haya habido algún jefe
guerrero escandinavo de la temprana Edad Media llamado Beowulf, pero si
existió, su vida probablemente pasó cultivando, pastoreando, cazando, pescando
y, tal vez, juzgando en algunas pequeñas disputas locales o incursionando
contra algún enemigo. Posiblemente existió un jefe guerrero llamado algo así
como Arturo que vivió en la Britania celta post-romana, pero, en el mejor de
los casos, habrá liderado una pequeña y fracasada campaña defensiva contra los
invasores sajones. Merlín, Excalibur, la Dama del Lago, el Grial, Lanzarote,
Ginebra, Galahad y todo lo demás fueron imaginados por Geoffrey de Monmouth en
el siglo XII y por sus sucesores. San Jorge no mató un dragón; Robin Hood no
robaba a los ricos ni combatía al Sheriff de Nottingham. Del mismo modo que
Martin, los autores de estas historias inventaban cosas más que tomarlas de la
vida real, porque la realidad que los rodeaba era demasiado aburrida y
monótona.
Durante la Edad
Media, la mayoría de los campesinos y aldeanos llevaban una vida bastante
estática. Trabajaban de niños, trabajaban como adolescentes y trabajaban siendo
adultos; se casaban, tenían hijos y morían, en general jóvenes y, posiblemente,
tras vivir hasta la longeva edad de 55 años. [1] No había
demasiada violencia que interrumpiese su existencia. No sabían leer, no salían
en busca de aventuras y tenían muy poco entretenimiento más allá de la Misa y
los días festivos. [2]
Un campesino
medieval que laborase en el campo o un artesano que trabajase en la ciudad
tenía ciertamente una vida más difícil que la de un granjero u obrero actual, [3] pero el
grado de miseria no debería ser sobreestimado. Mundano y aburrido no significa
necesariamente más duro, y duro no necesariamente significa infeliz. Los
retratos de la literatura contemporánea como Los Cuentos de Canterbury de Chaucer no muestran una existencia
diaria ni un estado mental en las clases bajas tan terrible. Y la brutalidad
inmisericorde que regularmente sufren las clases bajas en obras de ficción como
la de Martin no refleja la realidad —no menos porque hubiese sido
económicamente estúpido abusar de gente de cuya productividad dependía su
propia vida—.
En cuanto a los
propios nobles, tenían una vida un poco mejor. Se alimentaban con una dieta más
variada, tenían más posesiones y tenían un mayor número de conocidos; podrían
haber tenido más educación y mayores posibilidades de entretenimiento. [4] Pero sus
vidas eran también aburridas. La mayoría de los hombres de cuna noble eran
entrenados en artes militares que nunca usarían, y la mayoría de las mujeres
eran enseñadas en artes domésticos que sí usarían, repetidamente (aunque sólo
después de que sus padres y hermanos las hubiesen intercambiado con el oferente
mejor posicionado desde el punto de vista político). La violencia podría haber
sido más diversa en este nivel social, pero es improbable que hubiese sido más
frecuente. No había incesto (al menos no hay registros), ni enanos, y pocos
asesinatos.
Algunos de los
incidentes y personajes de “Una canción
de hielo y fuego” están sí tomados de la historia medieval real. Por
ejemplo, los dragones, estaban en todos lados, especialmente en Inglaterra y
Escandinavia. No eran dragones reales, naturalmente, sino metáforas del mal.
Los íconos religiosos con frecuencia muestran a San Jorge y a San Miguel
derrotando dragones, lanceándolos o pisándolos, respectivamente. Los dioses y
héroes escandinavos como Beowulf con frecuencia los mataban en el curso de sus
obligaciones como protectores de la gente más débil. Y en 1388 el cronista, en
general muy confiable, Henry Knighton incluso notó que un “fiero dragón” había
sido visto volando por el norte de Inglaterra.
El sometimiento
al escarnio público de Cersei Lannister en “Una
danza con dragones” tiene precedentes tanto medievales como antiguos. La
pena capital en realidad sólo era permitida en la Edad Media para un único
crimen: la traición. Lo común era que los traidores nobles fuesen decapitados
—como Ned Stark— mientras que los plebeyos eran ejecutados de maneras más
creativas. (En 1305, William Wallace [5] fue
colgado casi hasta morir, y luego, fue castrado, destripado y, finalmente,
decapitado, tras enroscar sus intestinos en un poste.) Para el adulterio, la
pena normal era la humillación, y el escarnio público era lo que se usaba con
las mujeres nobles. Tras su captura, Juana de Arco fue arrastrada por la
Francia ocupada por las fuerzas inglesas en una muy lenta caminata de vergüenza
antes de sufrir su juicio y muerte en la hoguera por traición (a la Iglesia).
Martin dijo que basó la caminata de Cersei en la de Jane Shore, amante de
Eduardo IV, a fines del siglo XV (aunque su interpretación debe más a la
representación de William Blake del hecho que a la pena que realmente tuvo que
padecer Jane). [6]
Martin da a Vargo
Hoat, el líder sádico de los Titiriteros Sangrientos, la marca registrada de
arrancar las manos y los pies de sus víctimas. El rey Juan de Inglaterra hizo
eso con los rebeldes heridos durante el sitio al castillo de Rochester en 1215 [7], y John
de Worcester dice que Haroldo hijo de Godwin se lo hizo a Alfredo Aetheling y
sus compañeros en 1036. [8]
Como nota Martin,
las espadas eran importantes. Eran las armas del liderazgo, tanto objetos
ceremoniales como herramientas militares efectivas. Una espada podía ser
entregada a un muchacho como obsequio al nacer o ser bautizado, y podía llegar
a crecer jugando con ella y con otras espadas más livianas hasta que se
convirtiese en una herramienta que pudiese empuñar con fuerza y agilidad. Una
espada podía también serle presentada cuando un hombre se mostraba digno de
ella, como el caso de Garra, que el comandante de la Guardia de la Noche
entrega a Jon Snow en “Juego de tronos”.
Y como Garra, las espadas podían ser bautizadas y sus pomos podían reemplazarse
según la necesidad o el deseo de su dueño.
En la batalla del
Aguasnegras, en “Un choque de reyes”,
la flota de Stannis Baratheon es derrotada por recipientes con “fuego salvaje”
y una enorme cadena que cruza el río. Aquí Martin probablemente estaba pensando
en Constantinopla, la capital del Imperio Romano de Oriente. Los bizantinos
tenían en su arsenal el fuego griego, una sustancia petrolífera que podía ser
bombeada a través del fuego para crear un lanzallamas. Las semillas naturales
que producían el fuego griego parecen haberse extinguido a comienzos del siglo
XIII, pero más tarde los ejércitos musulmanes lograron producir una versión sintética
y la pusieron en recipientes que podían ser lanzados con la mano o una
catapulta. Este tipo de arma incendiaria era muy poco efectiva por lo que rara
vez se usó.
Las cadenas que
cruzaban ríos o cerraban puertos, por otro lado, eran muy efectivas. Una gran
cadena cruzaba el Cuerno de Oro, protegiendo así a Constantinopla. Se desconoce
cuándo fue colocada, pero las sagas islandesas la registran como un obstáculo
al que tuvo que sobreponerse Haroldo el Duro, luego rey de Noruega [9], para
escapar de la ciudad a mediados del siglo XI: su buque apenas pudo hacerlo
pasando por encima de la cadena, mientras que otro se hundió intentándolo.
Otras cadenas protegieron los puertos de Rodas, la ciudad de York, la fortaleza
de Golubac en el Danubio [10] o,
incluso, siglos después, en West Point sobre el río Hudson. [11]
La descripción de
la guerra medieval que hace Martin tiene, es cierto, algunas exactitudes, pero,
del mismo modo que pasa con su descripción de la vida medieval en general, la
empaqueta con mucha más acción que lo que ocurrió en la historia. El resultado
deseado en la guerra medieval no era, en general, la muerte del enemigo, sino
su retirada. Intentar matar al enemigo era costoso y potencialmente riesgoso;
era más fácil obligarlo a escapar. Las batallas con frecuencia se decidían por
factores aleatorios como la muerte de un líder, el heroísmo o el entusiasmo
relativo de los contendientes. La buena estrategia consistía en encontrar una
forma de desafiar a las fuerzas más débiles que se pudiesen encontrar, causándoles
pánico y obligándolas a romper filas, y, entonces, reclamar rápidamente la
victoria. Con frecuencia las batallas medievales no tomaban más de 20 ó 30
minutos desde su inicio hasta su final; las luchas más largas eran inusuales.
La batalla de
Courtrai, peleada entre el ejército francés y los ciudadanos rebeldes de
Flandes el 11 de julio de 1302, fue una de las batallas más sangrientas de toda
la Edad Media, en parte porque los ciudadanos rebeldes sabían que si perdían
también podrían llegar a ser masacrados. [12] El
ejército flamenco preparó el terreno para una esperada carga de la caballería
francesa, cavando trincheras que fueron inundadas u ocultadas, y estableciendo
sus líneas con un río en la espalda, haciendo la deserción de sus soldados muy
difícil. Los soldados flamencos no rompieron la línea ni corrieron cuando la
caballería francesa cargó contra ellos, y por ello la batalla tomó varias horas
de lucha. Las fuerzas flamencas estaban armadas con lanzas y palos como picas
que fueron usados para derribar a la caballería francesa de sus cabalgaduras,
luego de lo cual se podía dar el toque final con una daga. Cientos de hombres murieron, quizá tantos
como mil.
Pero por cada
Courtrai, hubo muchas Patay (1429) [13], donde
las tropas inglesas esperaban emboscadas para abandonar rápidamente el campo
cuando fueron vistas por los franceses, y Towton (1461) [14], con un
corto intercambio de arquería seguido de una única carga de caballería de York
que produjo la desbandada de los Lancaster. Ni Patay ni Towton —ni las rutinarias
e interminables campañas militares que resultaban en poca violencia y mucho
aburrimiento, problemas logísticos y disentería— son materia prima para la
buena literatura fantástica. Martin lo sabe, por eso es que convierte en norma
Courtrai y su inusualísimo nivel de violencia.
Por momentos,
Martin claramente rememora la Guerra de las Rosas, aquélla en la que se
enfrentan la casa de Lannister (Lancaster) con la casa de Stark (York), y hay
paralelismos con las invasiones de los mongoles [15] (los
dothraki), la Liga Hanseática [16] (las
Ciudades Libres), etc. Pero no tiene sentido buscar en demasía los elementos
“reales” que subyacen en el texto, puesto que lo verdaderamente cautivante del
mundo de Martin —las descripciones detalladas, la fuerza de los diálogos, los
personajes multifacéticos, los desarrollos intrincados y las historias paralelas—
surgen no de su materia prima, sino de su propia imaginación. Eso es lo que
termina siendo magia de verdad.
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Una de las imágenes de mayor estética medieval de la serie: Ser Loras Tyrell, "el Caballero de las Flores" en una justa. |
[1] Sin embargo esta afirmación del
autor es algo gratuita. Las últimas investigaciones arqueológico-forenses
indican que la expectativa de vida en la Inglaterra medieval, al menos, era más
alta que en las ciudades industriales de fines del siglo XIX y comienzos del
XX, siendo únicamente superada en la actualidad.
[2] Dependiendo que entiende uno por
“entretenimiento”. Por cierto que las gentes medievales no tenían televisión,
Internet, cine, etc., pero tenían un buen número de festividades
socio-religiosas a lo largo del año, en las que abundaban la música, la danza y
la poesía.
[3] De vuelta, depende qué entiende uno
por “duro”. Ciertamente, como ha sido demostrado numerosas veces y para
numerosas regiones europeas, aún las clases más bajas de la sociedad medieval
tenían un vínculo con la tierra que trabajaban o con su taller familiar tal que
ni aún el rey podía privárselos. Y ciertamente, menos aún, sus acreedores.
[4] Y aún así, estas diferencias de
vida entre nobles y plebeyos, no eran tan enormes como las que existen hoy en día
en sociedades del primer mundo entre los empresarios y sus empleados.
[5] Se refiere al célebre líder escocés
que fue encarnado en la pantalla grande —de manera bastante creativa— por Mel
Gibson en “Corazón Valiente”.
[6] “La pena de Jane Shore”, pintura de
W. Blake (circa 1780) que se
encuentra en la catedral de San Pablo (Londres).
[7] Durante la rebelión de los
barones que, eventualmente, llevará a la firma de la “Carta Magna”.
[8] Hay un error. Haroldo hijo de
Godwin, el rey Haroldo II de Wessex, no fue el que mató al príncipe Alfredo,
hijo de Etelredo “el Indeciso” y hermano de San Eduardo “el Confesor”, sino
Haroldo I “Pie de Liebre” (hijo del rey danés Canuto).
[9] Se refiere a Haroldo hijo de
Sigurd, llamado “Hardrada” (el Duro), que había sido comandante de la Guardia
Varega en Constantinopla y, luego, rey de Noruega entre 1047 y 1066.
[10] También llamada en húngaro Galambóc
o en alemán Taubenberg, era una fortaleza serbia que marcaba el límite entre el
antiguo Reino de Hungría y el Imperio Bizantino.
[11] Durante la Guerra de
Independencia de los Estados Unidos, en 1778, se puso una enorme cadena
cruzando el río Hudson entre la isla Constitución y el Fuerte Arnold para
impedir que los buques británicos pudiesen subir río arriba por la colonia de
Nueva York.
[12] También llamada la Batalla de
las Espuelas de Oro, por la cantidad de caballeros franceses que murieron en
ella. Las espuelas de oro fueron colgadas en la Iglesia de Nuestra Señora en
Courtrai en agradecimiento por el éxito de la batalla. Unos 80 años después,
las espuelas fueron recuperadas por los franceses tras vencer en la batalla de
Roosebeke.
[13] Durante la Guerra de los Cien
Años (1337-1453) por la corona de Francia, entre las casas de Valois y
Plantagenet (éstos, reyes de Inglaterra).
[14] Durante la Guerra de las Rosas (1455-85)
por la corona de Inglaterra, entre las casas de York y de Lancaster.
[15] A partir de la segunda década
del siglo XIII, los mongoles, que habían ya conquistado media Asia, se
precipitaron sobre la Cristiandad. Uno a uno fueron cayendo los reinos y
principados de Europa Oriental y Central, hasta que, finalmente, los conflictos
internos y la guerra civil forzaron a la horda oriental a frenar su avance.
[16] La Hansa Teutónica fue una enorme
confederación de gremios de mercaderes y ciudades libres para el comercio y la
autodefensa al norte de las actuales Alemania y Polonia, que llegó a
monopolizar el Mar Báltico.
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