La
escritora estadounidense Elena María Vidal (seudónimo de Mary-Eileen Russell, neé Laughland) es, además de
historiadora de profesión, una exitosa autora de novelas históricas ambientadas
en el reinado de Luis XVI, la Revolución Francesa, etc. Mantiene, además, un
muy interesante blog llamado “Tea at
Trianon”. Traducimos y reproducimos a continuación un interesante
comentario a la exitosa serie británica “Downton
Abbey”, creación del Barón Fellowes de West Stafford en el condado de Dorset.
¿Ya basta de “Downton Abbey”?
—Ha llegado la
hora —dijo la morsa—
De que hablemos
de muchas cosas:
De barcos...
lacres... y zapatos;
De reyes... y
repollos...
(A través del espejo y lo que Alicia encontró
allí)
Como muchos de
ustedes saben, estoy escribiendo una novela sobre mis antepasados irlandeses
que se establecieron en el salvaje Ontario en la década de 1820. Un amigo me
envió un artículo con el título “Ya
basta de ‘Downton Abbey’: Necesitamos una nueva ‘Familia Ingalls’”. Me sonreía
mientras leía las siguientes palabras: “Ya basta de palacios y reyes; quiero
ver una cabaña y una carreta.” Me encuentro trabajando para recrear la vida de
la cabaña de mi tatarabuelo que levantó con sus propias manos. Cuanto más
investigo a Daniel O’Connor, más me maravillo con lo que logró y cómo luchó por
educar a una gran familia mientras mantenía la práctica de la fe católica a
pesar del prejuicio local. Conocido por su agudeza, su humor y su cortesía, se
convirtió en el primer magistrado católico irlandés del condado de Leeds en
Ontario. Era un hombre de honor y un verdadero caballero; me enorgullezco de
ser su descendiente.
En cuanto a “Downton
Abbey” versus “La familia Ingalls”, ¿por qué no podemos tener palacios y cabañas? ¿No hay, acaso, buenas
historias que necesitan ser contadas? ¿O nos estamos acercando a la postura
marxista para la cual todo lo que tenga que ver con la aristocracia no es más
que estar caminando en el barro? Me sorprende que luego de todo este tiempo
viendo a los regímenes marxistas caer uno tras otro durante los últimos cien años
aún veamos el mundo en términos de lucha de clases, tal como si fuésemos
bolcheviques. Como buenos marxistas, nos enfocamos en el mundo material más que
en el espiritual; en el mundo material, las posesiones reinan por sobre todo. Suponemos
que aquéllos que más tienen son más felices que aquéllos que menos tienen, lo
que nos conduce a envidiar a los más favorecidos, y así el marxismo se ve
alimentado con la envidia y la ambición. Habiendo estudiado a reyes y
personajes aristocráticos históricos durante buena parte de mi vida, puedo
afirmar que la felicidad no tiene absolutamente nada que ver con la riqueza o
el poder.
Lo que nos
recuerda a María Antonieta. El autor del artículo citado la menciona en las
siguientes líneas:
“Las obras históricas
que tienen lugar en escenarios aristocráticos sólo fomentan la paradoja. Mayor indignación
moral y mayor disfrute de lo fantástico: un más alto grado de desigualdad
social, con sorprendentes niveles de glamour en la cima. Seis años atrás, el crítico
de la cultura Camille Paglia escribió un ensayo sobre la repentina popularidad
de María Antonieta, la reina decapitada de Francia, entre los escritores y
cineastas. En el transcurso de un año, la antigua reina se convirtió en el
objeto de dos novelas históricas, un estudio académico, dos documentales y un
filme dirigido por Sofia Coppola.”
Tal vez es porque
sé lo que sé sobre ella que no
encuentro nada glamoroso acerca de la vida de María Antonieta. No hay nada de
glamoroso en casarse con un completo extraño y en tener que dar a luz en público.
Su vida fue una larga tragedia que ella intentó iluminar con los recursos que
tenía más a mano, para ella misma y para los demás. Sufrió una muerte
ignominiosa sabiendo que a sus pequeños hijos les esperaba el tormento de una húmeda
prisión. Estudiar y escribir acerca de ella no tiene nada de “escapismo”, sino
una somera meditación sobre las cuatro postrimerías.
Sin embargo, un
aspecto agradable de la vida de esta reina, uno que es completamente ignorado o
ridiculizado, es el enorme interés que ella tuvo por las vidas de los pobres y de los campesinos. Lo cual tuvo numerosas
manifestaciones prácticas, tales como la construcción de casas para los desposeídos
y la fundación de hospicios para huérfanos. Esto no lo vio como algo
extraordinario; era para ella simplemente su obligación.
Lo que nos
devuelve a los Crawley de Downton Abbey. Aunque los lujosos vestidos, las
escenas románticas y la mansión son algo lindo de ver —el entretenimiento debe, se supone, entretener—, lo que subyace en el nudo del drama es esa
seria responsabilidad que llamamos nobleza
obliga, la obligación de aquéllos que tienen
que ocuparse de aquéllos que no
tienen. Lo que coloca a “Downton Abbey” en un lugar distinto al de otros
programas de televisión referidos a gente privilegiada es que en “Downton Abbey”
existe un código de honor. Lord Grantham se rehúsa a seducir a una mucama
porque sabe que eso sería una ventaja injusta debido a su rango, dejando de
lado que sabe que eso es cometer adulterio. En “Downton” queda claro que el
honor no pertenece a ninguna clase social en particular, hasta Bates, el valet
cojo, es un príncipe, lo mismo que Carson, el mayordomo. Thomas, el lacayo, por
el contrario, es un delincuente y el nuevo rico Sir Richard nos demuestra que
el viejo refrán sobre monas vestidas de seda aún es cierto.
¿Es antiestadounidense
disfrutar “Downton Abbey”, como alguien dijo? Por lo mismo, ¿es
antiestadounidense leer o escribir sobre monarcas europeos que aún tienen un
papel protagónico en obras de ficción histórica? Los estadounidenses, como
cualquier otra persona, disfrutan las buenas historias. Nuestros antepasados,
venidos de distintos continentes y culturas, se contaban historias, muchas de
las cuales hoy pondríamos en la categoría de cuentos de hadas, y las historias
más viejas, de mitos. Muchas, sino la mayoría, de esas historias se referían a
reyes, reinas, princesas y príncipes. Aquéllas que se refieren a campesinos,
terminan con el campesino enriqueciéndose o llenándose de comida, y, en
general, también incluye el matrimonio con un miembro de la nobleza. Esto no es
sólo la materia prima de los sueños, sino de las historias que hoy se vuelven a
contar en libros, películas y series de televisión, y que nos pueden ayudar a
tratar con el presente, no escapándonos de él, sino viéndolo a la luz de una
gran tragedia, de un gran romance o de ambos. Para citar a la guionista Barbara
Nicolosi:
“Aristóteles
escribió en su Poética que las
historias son importantes porque sirven a dos instintos primarios en nosotros:
el instinto de imitación y el instinto de armonía. Aprendemos por imitación, y
en los cuentos, tenemos la oportunidad de aprender muchas más lecciones vitales
que las que nos puede enseñar nuestra propia experiencia de vida. En los
cuentos, aprendemos indirectamente a través de personajes amados, es decir con
mucho más disfrute que con los golpes de la escuela de la vida. El instinto de
armonía nos lleva a buscar en los cuentos todas las cosas que la vida real no
nos puede ofrecer —la destreza en un oficio, el tomar altos riesgos, el acceso íntimo
a las vidas de otros, la inteligibilidad de sus elecciones y motivos, la unidad
argumental donde las partes aburridas o irrelevantes quedan fuera, y la
satisfacción de un final—. De un modo muy real, necesitamos historias que nos
enseñen a vivir. Disfrutamos las lecciones porque las historias nos deleitan
con su arte.
”En segundo
lugar, Aristóteles dice que la sociedad necesita historias que lleven a su
gente a experiencias catárticas de misericordia y de temor al mal. Deberíamos poder
salir de una obra de teatro o una película preguntándonos: ‘¿cómo pudo pasar
esto? ¿de dónde salió todo este problema?’, mientras que, al mismo tiempo,
sentimos ‘gracias a Dios que no me sucedió a mí’.”
Debo decir que es
mucho más difícil escribir sobre inmigrantes irlandeses en el bosque canadiense que sobre María Antonieta. La
historia de María Antonieta es la tragedia perfecta. Pero aún así, los
campesinos irlandeses que vinieron al Nuevo Mundo tienen un buen potencial para
el drama. Cuando uno no tiene nada, entonces no hay otro lugar al que acudir… más
que arriba.
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La dama Maggie Smith en el rol de la Condesa Viuda de Grantham, tal vez el personaje más popular de la serie. |
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